Brisas de la clase media

Por Lauri Cristina Dueñas
Fotos: Mónica Torrento

Cerca del estadio Cuscatlán, la colonia Brisas de San Francisco se presenta como una de las residenciales tradicionales de la clase media de San Salvador. Ahí viven Cruz (40), Georgina (41) y las gemelas M. y R., de 11 años. En el jardín de enfrente, un bonsai de laurel de la india muy bien cuidado y las plantas ornamentales empiezan a mostrar la personalidad de los que ahí habitan. Organizados, disciplinados y artísticos

Al llegar, temprano el lunes, se puede sentir el vértigo y la tensión, porque los cuatro habitantes, los dos adultos y las dos niñas, están trabajando o estudiando en línea.

Las niñas lucen concentradas es su primer día del año escolar en un colegio cristiano, que combina la enseñanza de valores morales y los nuevos métodos de enseñanza, porque esos son los dos paradigmas que escogieron sus padres.

Cruz explica que fue difícil habilitar las cuatro computadoras para ese día, porque no sabían que la familia tendría que estar conectada de manera simultánea, por lo que dos de los equipos son antiguos. Las horas del día están perfectamente programadas. Alexa, una aplicación sofisticada que se activa con la voz, ayuda a este ingeniero en sistemas y especialista en diseño y gestión de proyectos a llegar a tiempo a sus compromisos en su ajetreada agenda.

"Prefiero invertir en salud privada para no perder tiempo en el seguro social, aunque tenga que sacrificar los gastos de esparcimiento de mi familia".

-Cruz

Georgina, que tiene un negocio propio, la tiene más difícil desde que empezó la pandemia, porque desistió de contratar a una trabajadora del hogar que llegaba dos veces por semana, para evitar contagiarse de coronavirus.

Todos los días, ella tiene que interrumpir su trabajo remunerado para realizar el no remunerado: cocinar, labores del hogar y vigilar el desarrollo de las clases de sus hijas.

Cruz tuvo pérdidas materiales tras la Tormenta Tropical Amanda. Familiares cercanos le prestaron un vehículo para que pudiera seguir con su rutina diaria. Las ramas del árbol de limón han crecido, tapando el equipo del aire acondicionado que da a uno de los cuartos principales de la casa.

Le preguntamos a Georgina si le gusta cocinar y dice: “Cuando me casé no sabía cocinar pero fui aprendiendo, no es que me guste especialmente, pero lo hago y, a veces, me gusta”.

“Es algo más orgánico, damos por sentado ciertas cosas en esta cadena de patriarcado”, afirma Cruz y también confiesa que, en las oficinas donde ha trabajado en El Salvador, no es bien visto que un padre pida permiso en el trabajo para atender asuntos de sus hijas o hijos porque la gente considera que, para los hombres, podría tratarse de excusas para no asistir a laborar.

El salario de Cruz es de aproximadamente 2,000 dólares mensuales, sin embargo, comenta que a veces debe sacrificar los gastos de entretenimiento de su familia para invertir en salud privada y así evitar perder tiempo en el seguro social.

Asegura que la desigualdad en El Salvador está tan arraigada por que, a su juicio, son grupos privilegiados de amigos o conocidos los que ostentan el poder social y económico. Dichos grupos son los que, en su opinión, también propician la discriminación.

Hace poco la colonia donde vive sufrió una inundación, tuvo pérdidas materiales y no hubo respuestas reales de la alcaldía o el gobierno. Brisas de San Francisco está separada de la comunidad Nuevo Israel por una barda, del otro lado, las casas de bahareque colindan con las casas de sus vecinos de clase media, que las tienen bien enrejadas y con alambre razor en sus puertas y ventanas.

Cruz muestra los alimentos que guarda en la refrigeradora. Cruz y Georgina cuidan su alimentación para el bienestar de su salud y de sus hijas.

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