En la punta del volcán

Por Lauri Cristina Dueñas
Fotos: Mónica Torrento

No hay nada más arriba en el volcán de San Salvador que la casa de Nancy. Más arriba solo están las nubes que inundan una mañana y una tarde frías con sol y viento, entre plantas suculentas que la familia cuida con esmero, venden a un dólar y la gente puede llegar a revender a seis.

La vida de esta familia (Nancy, de 31 años; Kennedy, de 32; Valeria, de 11; y Nicole, de 5) se presenta en un principio bastante llevadera. El paraje de San Salvador es privilegiado, pero se percibe que la familia no carece de obstáculos. La casa ha sido construida con ahínco por esta joven pareja, en un terreno regalado por la familia de Kennedy, esposo de Nancy. Sin embargo, los contenedores de agua indican que no siempre hay abastecimiento en la tubería, por lo que no deben desperdiciarla.

Solo una cortina separa el baño del lavadero de ropa y platos. Las casas vecinas comparten una forma de construcción espontánea, mezcla de cemento, lámina y pintura multicolor.

Sin embargo, los arreglos han ido acumulándose con abundancia, como los planes y sueños de esta familia que, según Kennedy, se encuentra en el número 5, siendo el 1 el de la peor condición socioeconómica en El Salvador y 10, el de los que más tienen.

"Quiero mejorar la casa, darles estudio a mis hijas para que sean alguien en la vida".

-Kennedy

El sueldo de Kennedy es entre 15 a 30 USD diarios de lunes a viernes, según el tipo de trabajo de mantenimiento que realice en alguna de las casas de sus empleadores, una familia de clase alta que tiene propiedades en el volcán y en la colonia Escalón.

La remuneración de Nancy es de 15 USD por día por labores domésticas, pero ella solo sale dos días a trabajar para la misma familia que emplea a su esposo, porque se siente y asume como la principal responsable del cuido de sus hijas y la educación en línea, la cual estresa a millones de madres en el mundo, como confiesa Nancy.

Nicole, de cinco años de edad, realiza sus tareas de la escuela en el escritorio del cuarto que comparte con su hermana mayor, Valeria, de 11 años. Ambas están inscritas en la escuela y reciben sus clases por televisión, en el Canal 10. La ducha y el baño social del hogar de la familia García no posee puerta principal. Las cortinas de ducha dan un poco de privacidad.

El padre de Kennedy también trabajó para la misma familia de clase alta, nunca han tenido seguro social en dos generaciones y Kennedy asegura que no le interesa afiliarse y que nunca ha sentido en carne propia la discriminación. Cuando se enferman, acuden a clínicas particulares de la zona o de Santa Tecla y afirma que, de tener una emergencia, recurriría a su familia paterna para pedir ayuda.

En un patio perfectamente barrido, plantas de todo tipo, flores colgantes y algunos insumos de construcción apuntan a que esta casa todavía no está terminada, lo cual confirma la pareja, que señala cada detalle del inmueble como un paso más en sus deseos de consolidar un hogar y una familia con dos hijas.

"Yo sí quería estudiar, a mí me gustaba el estudio".

-Nancy

Por eso, explica, continúa sus deseos académicos acompañando a sus hijas en sus propias tareas, anhelando esa educación universitaria que les permita complementar lo que su padre considera clave para el ascenso económico y social: el trabajo.

Nancy se reconoce amiguera, lo que también le ha ayudado a vender perfumes y cosméticos, lo cual, más que una ganancia sustancial, considera beneficioso para conseguir sus propios productos de cuidado personal.

Nancy echa las tortillas para el almuerzo, son perfectamente redondas y deliciosas, pues desde los once años su mamá le enseñó a hacerlas, como parte del ritual social de adiestramiento para los trabajos no remunerados del hogar que le son delegados socialmente a la mayoría de mujeres salvadoreñas al casarse, acompañarse o ser madres de familia. Estos trabajos son los que mantienen a Nancy estresada todos los días.

Ella cree que el principal problema para las mujeres en El Salvador es la proliferación de las madres solteras, cuyas problemáticas, a su juicio, no se remedian con el pago de una pensión alimenticia por parte de los hombres. A pesar de que está casada por lo civil con Kennedy, recuerda, con melancolía, que tuvo que cuidar sola dos años a su primera hija en lo que su compañero se graduaba de bachiller. Su sueño es poner un salón de belleza y una venta de cosméticos, sus amigas y vecinas ya se anotaron como sus futuras clientas.

Parece ser una buena idea de emprendimiento porque, entre las laderas verticales de casas de construcción irregular y calles de tierra, no asoma ningún establecimiento de esa clase. Las mujeres ya no tendrán que bajar 15 kilómetros para emperifollarse hasta Santa Tecla y podrán acicalarse aquí en la punta del volcán, donde las nubes llegan a la última casa del cantón San Isidro. Una casa llena de sueños de ascenso económico y académico.

De izquierda a derecha: Nancy, Nicole, Valeria y Kennedy. La familia posa para la cámara en la sala de su hogar.

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